¿A QUIÉN ESTOY ESCUCHANDO: A DIOS O A LOS HOMBRES?
He estado meditando en las palabras que Dios dirigió a Adán después de su desobediencia:
«Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él...»(Génesis 3:17).
¡Qué lección tan importante encuentro en estas palabras!
Adán conocía perfectamente el mandamiento de Dios, pero decidió escuchar una voz que lo llevó a desobedecerlo. Y esto me hace reflexionar profundamente sobre mi responsabilidad como hombre, esposo y cristiano.
Debo aprender a escuchar, pero también debo saber a quién obedecer.
Amo a mi esposa, debo escucharla, honrarla y considerar sus consejos con respeto y amor (1 Pedro 3:7). Pero si algún día su consejo, por temor, cansancio, dificultades o cualquier otra razón, me llevara a abandonar mis responsabilidades espirituales, dejar de defender la verdad o renunciar a servir a Dios, debo recordar que mi fidelidad al Señor está por encima de cualquier relación humana.
No porque la voz de mi esposa carezca de valor, sino porque ninguna voz, ni siquiera la mía, puede estar por encima de la palabra de Dios.
Samuel declaró:
«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros» (1 Samuel 15:22).
Y añadió una advertencia solemne: «Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado» (1 Samuel 15:23).
Esto me enseña que Dios no se agrada de una obediencia acomodada a mis conveniencias, ni de una fidelidad que desaparece cuando llegan las pruebas.
Entonces debo preguntarme:
¿Quiero ser un hombre que permanece firme solamente cuando todo marcha bien? ¿Voy a renunciar a mis responsabilidades delante de Dios porque alguien me aconseja detenerme? ¿Voy a permitir que el temor, la presión familiar o las dificultades apaguen mi compromiso con Cristo?
¡De ninguna manera!
Recuerdo las palabras de Pablo: «Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos» (1 Corintios 16:13).
Pero también debo recordar el versículo siguiente: «Todas vuestras cosas sean hechas con amor» (1 Corintios 16:14). Mi firmeza jamás debe convertirse en dureza, desprecio o autoritarismo.
He comprendido que ser cabeza de mi hogar no significa imponer mi voluntad, sino asumir con humildad mi responsabilidad delante de Dios, amar a mi esposa como Cristo amó a la iglesia (Efesios 5:25) y procurar conducir mi vida conforme a la verdad.
No quiero repetir el error de Adán: conocer el mandamiento de Dios y terminar desobedeciéndolo por escuchar otra voz.
Quiero tener la convicción de los apóstoles cuando dijeron: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres»(Hechos 5:29).
Y hoy quiero hacerme una pregunta que todo varón cristiano debería considerar seriamente:
¿De qué me servirá haber complacido a todos, si para hacerlo tuve que abandonar mi fidelidad a Dios?
Mi esposa merece mi amor, mi respeto y mi atención. Mi familia merece mi cuidado. Pero Dios merece mi obediencia por encima de todo.
Que Dios me conceda la valentía para permanecer firme, la sabiduría para escuchar, la humildad para reconocer mis errores y la determinación para no abandonar jamás su palabra.
Porque al final, lo verdaderamente importante no será cuántas voces logré complacer, sino si escuché y obedecí la voz del Señor.
«Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre» (Eclesiastés 12:13).